domingo, 21 de abril de 2013

Believe.

Dicen que en la vida, todo es amor. Si uno ama está vivo, si crea amor, las cosas buenas forzosamente llegan. Pero ese no es mi caso. Yo creé el amor más puro con el hombre al que siempre ansié tener, hasta que mi vida dio un giro radical.

Tan solo tenía 12 años cuando empecé a labrar el campo de algodón con mis padres y mi hermano mayor. Eramos una familia humilde pero trabajadora y con mucho coraje.
Mi hermano se llamaba Ezequiel y tenía 4 años más que yo. A pesar de ser mi hermano mayor, era un tanto patoso cuando trabajaba sembrando el algodón. Sin embargo cada día daba lo mejor de sí para superarse y sacar provecho de lo que sembrábamos.
Mis padres siempre habían dedicado su vida a la agricultura y al ganado caprino. Antes de que yo naciera mis padres eran trashumantes y llegaron a conocer la mayor parte de las campiñas del condado.

La economía en mis tiempos fue un desastre debido a las crisis periódicas y las grandes revueltas sociales.
Un día laboral, cuando cumplí los 20 años, se acercaron dos representantes del sindicato para convocarnos para una revuelta, aunque nuestra familia no podía permitirse descansar ni un solo día.
Mi hermano se acercó y les comunicó que no nos interesaba la oferta de la convocatoria.

-¡Qué poco hombre eres!- exclamó el primer sindicalista.

Las familias rurales siempre tenemos la mala fama de ser analfabetos o de poseer un vocabulario pobre, aunque no sea del todo cierto. Mi familia ha conservado la tradición de la cultura y los conocimientos, nuestra comunicación ha sido siempre fluida y asequible y nunca hemos tenido problemas de relación con otras personas, aunque no fue ésta la situación.

-¿Qué es poco hombre?- grité yo.- ¡Si él es poco hombre, yo soy mucha mujer!
Acto seguido mi puño cargado de rabia desembocó en la frente del sindicalista haciendo que ambos huyeran a toda prisa.

Mi padre me enseñó que hay que saber defenderse en cualquier ocasión, ya sea frente a un hombre o una mujer, por el contrario, mi madre me dijo que la mujer está hecha para servir al hombre.

Contraje matrimonio a los 23 años con Virgilio, un carnicero humilde y serio, con el pelo negro y los ojos entumecidos. Siempre pensé que era el hombre de mi vida, mi salvador, mi señor, el hombre al que serviría toda una vida. Sin embargo, cuando nacieron mis dos hijos Alfonso y Nestor las cosas cambiaron por completo.
Virgilio sufría ansiedad y esquizofrenia, y cada vez que mis hijos volvían de la escuela Virgilio aprovechaba la ocasión para maltratarnos y abusar duramente de nosotros.
Mis hijos fueron apaleados y Virgilio me insultaba y me propiciaba palizas tremendas que acababan con mis fuerzas.
Cuando abrí los ojos decidí irme con mis hijos al condado del sur huyendo de aquella tortura. Decidí mantener a mis hijos buscando un trabajo como limpiadora en grandes casas y confeccionar vestidos todas las noches para venderlos y sacar un dinero extra, además realicé por otro lado un tapiz donde bordaba todos los momentos de mi vida. Desde entonces, reconocí que ningún hombre valía la pena.

Un día, el hermano de una de las dueñas de la casa, Vicente, me propuso tomar un café con él.
Vicente era alto, tenía 8 años más que yo, era delgado y con unos ojos azules y brillantes, tenía dos hijas bastante arrogantes. Yo ya supuse que Vicente se había enamorado de mí y le negué la oferta varias veces.
Sin embargo, el señor siguió insistiendo hasta que acepté para probar la experiencia. Además le propuse una condición:
-Ante todo, debes de aceptar a mis hijos y quererlos como a tu propia vida.
-Entonces, tus hijos serán mi mayor preocupación, los cuidaré como tal.
Desde entonces empecé a salir con este caballero adinerado que acabó convirtiéndose en mi esposo.

Mi relación con Vicente duró 15 preciosos años. Compartíamos aficiones, cuidaba a mis hijos y nos quisimos mucho, tanto, que volví a enamorarme de nuevo.

Tres días antes de realizar un viaje a Francia, Vicente sufrió un ictus que le bloqueó parte del sistema nervioso y que además acabó con su movilidad, llegando al extremo de depender de una silla de ruedas.
Las hijas de Vicente se enteraron de lo ocurrido y me llamaron inmediatamente al teléfono.

-¿Estás con nuestro padre?
-Si, claro.
-Vamos en busca de él. Conocemos una clínica estupenda para que traten su trastorno allí.
-Pero, ¿tenéis conocimiento de los cuidados y demás? ¿Quién lo va a pagar?
-Sí, es de reconocido prestigio. Danos acceso a la tarjeta de crédito para poder ingresar la cuota inicial.
-Vale, cuando vengáis a por él os daré la tarjeta.

En una hora las hijas llegaron a mi casa a recoger a su padre para que ingresara en la clínica. Les pedí que me llamaran cuando lo ingresaran y ellas asintieron. Ese momento nunca llegó.
Pasó una semana y yo seguía sin saber del él. Llamé a las hijas de mi marido pero no contestaban al teléfono y por tanto decidí hablar con mi abogado.

Al llegar, le conté la situación ante la que me encontraba y el abogado llamó a una de las hijas. Al ser un número desconocido descolgaron el teléfono.

-¿Quién es?
-Buenas tardes, soy el abogado de vuestra madrastra, ¿me podéis comunicar con vuestro padre?
-Mi padre no está aquí, está en una clínica.
-¿Y me podríais proporcionar el teléfono de la clínica, o el nombre?
-Se llama La cúspide.

La línea se cortó. Al menos obtuvimos el nombre de la clínica.
Me documenté acerca de ella y obtuve el teléfono. Llamé inmediatamente.

-Clínica La cúspide, ¿qué desea?
-Buenas tardes, me gustaría hablar con Vicente Lobanillo, es mi marido.
-En este momento no puede hablar, esta tomando el almuerzo.
-Bueno, ¿me puede decir donde se encuentra la clínica?
-Yo soy nueva, no se donde se encuentra exactamente.

La línea volvió a cortarse. Todo me parecía muy extraño, así que decidí llamar al cabo de una hora.

-Clínica La cúspide, ¿qué desea?
-Buenas tardes, ¿puedo hablar con Vicente Lobanillo?
-Ahora mismo no puede atenderle, está paseando por el jardín con una enfermera.

Y de nuevo, la línea volvió a cortarse. Rápidamente busqué donde se encontraba la clínica. Me quedé a cuadros cuando vi que la clínica estaba a unos 300 km al norte, justo al lado de una villa. Llamé a mis hijos deprisa y les informé de lo sucedido. Ambos se ofrecieron para salir lo antes posible a rescatar a mi marido.

A las seis de la mañana del día siguiente fuimos en busca de Vicente. Al entrar en la clínica allí estaba en el patio, atado a una silla de ruedas pidiéndome que lo rescatara, que le estaban matando.

Le abracé e intenté tranquilizarle, partimos lo antes posible de vuelta a casa. Mis hijos no daban crédito a lo ocurrido. Fuimos al hospital más cercano de nuestro condado y la recuperación de Vicente fue satisfactoria.
En tan solo 2 meses mi marido se recuperó de las secuelas tanto físicas como mentales que le produjo su estancia en la clínica.

En su estancia en el hospital, un médico se acercó para comunicarme la peor de las desgracias: mi marido tenía cáncer y no se podía hacer nada.
Mi alma se vino abajo, fue como si una roca se desplomara ante mí. La sucesión de tantas desgracias acabaron con mis fuerzas.
A pesar de todo, decidí continuar con la vida de mi marido, durante tres años mis hijos, mi marido y yo fuimos una familia tranquila, feliz y agradecida con la vida.

El 21 de marzo de 2013 falleció Vicente, aquel hombre que se convirtió en el alma de mi vida, que me hizo ver la vida de otra manera. El 21 de marzo de 2013 acabé mi vida, acabé mi tapiz.



Hoy, 16 de abril de 2013 y con 60 años de edad, sigo recordando lo feliz que me hizo Vicente. Espero que algún día seáis igual de felices que fui yo con él.






Basado en una historia real. 


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